
Sergio Ortiz y Javier Hernández, LA MONDA
"UNA PEQUEÑA PARTE DE NUESTRO HIJO AÚN SIGUE VIVA"
Cómo cambian los tiempos. Hace más de cien años, ningún ser humano del planeta creía en la posibilidad de que las personas con órganos dañados pudieran alargar su vida mediante el transplante de uno sano. En 1905, se produjo el primer transplante de la historia, uno de córnea realizado por el oftalmólogo austriaco Eduard Zirm. A partir de ese año, todo el mundo veía posible la realidad de los transplantes.
En el siglo III,se les atribuye a los hermanos San Cosme y San Damián la autoría del primer trasplante: reemplazaron la pierna de un soldado con cáncer por la de un hombre que acababa de fallecer. Este hecho fue plasmado en el siglo XV en el óleo "Milagro de San Cosme y San Damián".
Sin embargo, los casos científicamente comprobados no surgen hasta el siglo XIX. Estos no podrían haberse llevado a cabo de no ser por otros avances médicos. Hasta los primeros años del siglo XX se desarrolla el procedimiento para irrigar los órganos injertados, lo que abre la posibilidad técnica y quirúrgica de realizar un trasplante. En un principio, las primeras personas que se vieron sometidas a este tipo de cirugía dudaban de la obtención de unos resultados favorables; tal fue el caso de Jaime P. H., un joven que huyó despavorido de la sala quirúrgica momentos antes de ser intervenido tras sentirse invadido por el pánico: "fue una sensación horrible, pensé que si me quedaba nunca más saldría de allí".
Pero tras sucesivas intervenciones y con resultados cada vez más exitosos, se inició la trasplantología moderna y, con ella, la normalización de estas intervenciones. Muestra de ellos son los siguientes casos: el primero de ellos se trata de un hombre de 53 años llamado José Antonio J. M. que fue sometido a un transplante de hígado: "ha sido un milagro", dijo tras recuperarse de su operación; el segundo se trata de un hombre de 21 años llamado Roberto R. G. que recibió una apuñalada en el corazón a las afueras de una discoteca de Sevilla y tuvo que ser sometido a un transplante de corazón que salió bien: "hoy he vuelto a nacer", dijo Roberto. El médico que trató el caso nos contó lo siguiente: "fue una operación muy larga y dura, si la herida llega a estar dos centímetros más profunda, hubiera acabado con su vida; pero al final todo salió bien". Su familia nos contó lo que sintió ante el repentino accidente: "fueron momentos de mucha angustia, son instantes que se hacen eternos en la sala de espera; pero todo salió bien gracias al trabajo de los médicos, les estamos muy agradecidos".
A pesar de que los médicos son una parte muy importante en este proceso, no hay que olvidar a todas esas personas que donan sus propios órganos o los de sus familiares ya fallecidos, sin pedir nada a cambio.Gracias a ellas, este camino que se trunca para unos, supone un renacer para otros. En el caso mencionado anteriormente, fue Daniel S. L., de 25 años, el joven que donó el corazón que ahora mismo late en el cuerpo de Roberto, tras perder la vida en un trágico accidente de tráfico. "A pesar de que fue una decisión muy dura, nos sentimos muy aliviados al saber que una pequeña parte de nuestro hijo sigue aún viva", comentaron los padres de Daniel tras producirse el fallecimiento de su hijo.




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