CRÍTÍCA DE CINE
¡Oh, capitán!, ¡Mi capitán!
Los alumnos de Welton caminan sin rumbo hasta que Keating se cruza en sus vidas
Una de las escenas más representativas de 'El club de los poetas muertos'.
(Foto: Touchstone Pictures)
MANUEL REGALADO, AULA DE EL MUNDO, 23.3.09
Tradición, honor, disciplina y excelencia son los cuatro pilares educativos sobre los que se ha forjado el espíritu de los alumnos de Welton, una exigente academia masculina de EEUU.
Los estrictos métodos pedagógicos y el aroma a naftalina de la alta sociedad han deshumanizado a la institución, que no obstante goza de un notable prestigio.
Las vidas de los estudiantes Neil Perry, Todd Anderson, Knox Overstreet, Steven Meeks y Gerard Pitts son anodinas. A la sombra de sus brillantes hermanos en algunos casos, obligados a seguir los pasos de sus padres en otros, los jóvenes han de emprender el camino hacia el autoconocimiento.
La llegada a la escuela del inclasificable profesor John Keating les abrirá las puertas de la poesía y los colmará de ansias de libertad.
'El club de los poetas muertos', dirigida en 1989 por el australiano Peter Weir, relata la eterna lucha entre realismo e idealismo, entre el ser y el deber ser de las cosas. El magnífico guión firmado por Tom Schulman fue merecedor del Oscar. El propio Weir, la película y Robin Williams, que interpreta al maestro, también optaron a la estatuilla.
Conmovedor y muy verosímil
El filme conmueve, las historias de los chicos y las relaciones personales que se entretejen entre ellos y sus progenitores respiran verosimilitud.
Los versos de Walt Whitman, el escritor que más desoladoramente ha cantado a su propio ser y a su vulnerabilidad, vertebran la trama. En especial el poema '¡Oh, capitán!, ¡Mi capitán!', dedicado al malogrado presidente de EEUU Abraham Lincoln.
Al profesor Keating le cuesta más responder cuando pronuncian su apellido que cuando se refieren a él como ¡Oh, capitán!, ¡Mi capitán! Aunque ésa es únicamente la punta del iceberg. Bajo su excentricidad se esconde un valiente pedagogo, que inculca a sus estudiantes el amor a la Literatura y transforma sus vidas en algo extraordinario.
"Carpe diem, muchachos, aprovechad el momento", les susurra. Extraerle todo su jugo a la existencia. Ése ha de ser el fin último de la pedregosa vereda que conducirá a unos y a otros, más tarde o más temprano, a un lugar sin vuelta atrás: la muerte.
El problema con el que se topa Keating es la rigidez de unas estructuras educativas en las que su ideario no encaja. Aunque su influjo dará alas a los estudiantes, les ayudará a pensar por su cuenta, posibilitará que sean capaces de discernir entre los justo y lo injusto y les impulsará a decidir por sí mismos.



Escribe un comentario