UN NUEVO AMANECER

Fernando Sirvent Merino LA MONDA

La mañana del pasado viernes, a mí, como a casi todos los alumnos cosladeños, la nevada me pilló de sopetón. Antes de llegar a las clases, todos hacían unas paradas por el camino para coger un poco de nieve y tirarla hacia el primero que viera.

Después, en clase, la primera hora fue trágica. Los minutos pasaban y todos estábamos mirando hacia afuera viendo caer la nieve. Las ganas de salir al patio y empezar a tirar bolas de nieve eran casi palpables. Cuando terminó la clase, todos corrimos hacia las ventanas a ver qué secuelas estaba dejando la nieve. Aquello había cuajado, y por fin había nieve después de tanto tiempo. Pero todavía quedaba lo mejor. En el segundo pasillo se rompió un radiador, y con ello una nube de humo que impedía ver algo en las escaleras del segundo pasillo. Los profesores nos evacuaron al patio, y después de una corta reflexión sobre qué hacer, decidieron mandarnos a casa. Esto nos alegró a todos. No había clase y, además, nevando.

El paseo que nos tuvimos que dar fue toda una aventura. Teníamos que evitar hielos, con cuidado de no resbalar, la nieve te cegaba al meterse los copos en los ojos y, en mi opinión, lo peor de todo, tener los pies mojados, ya que te hacía andar costosamente y era un incordio.

Al llegar a casa me puse algo cómodo y varios pares de calcetines y salí rápido a la calle. Los más atrevidos hacíamos guerrillas de nieve; otros se resguardaban en sus casas ante el peligro de darse un buen tortazo, y los pobres conductores de autobuses, estancados a ambos lados de aquellas calles intransitables.

Aquel día fue una aventura para todos, aunque los posteriores no lo fueron menos. El hielo era el causante de la mayoría de los culatazos y resbalones.