Alejandro Garro, LA MONDA

El día 9 de enero del 2009, viernes, la habitualmente colorida Coslada quedó cubierta del manto blanco de la nieve. El frío fue el principal protagonista de ese día, pero aún así todo parecía que iba a ser una jornada normal: seguirían abiertas las clases y pasaríamos la mañana en la aburrida clase, mientras a tan solo unos metros, fuera, la nieve caía cuajando como no había cuajado en Coslada desde hace años. Pero la suerte nos sonrió, pues después de la primera clase, una de las tuberías estalló y comenzó a salir el agua ardiendo a borbotones, mojando a algunos compañeros.
Los profesores decidieron que así no podían seguir las clases, y nos dejaron marcharnos a nuestras casas.
Nos invadió una profunda alegría, y todos salimos rápidamente del instituto para disfrutar de ese tan poco usual día nevado. Al salir corriendo, junto a algunos amigos, todos fuimos a tirarnos bolas de nieve. Estuvimos bastante tiempo divirtiendonos, hasta que decidimos ir al Cerro, el bosque donde más nieve había cuajado. Allí, seguimos jugando con la nieve, mientras nos adentrábamos en lo que parecía otro mundo nevado.